Todos sabemos que los niños (y niñas) pequeños son graciosísimos, dulces, inocentes y tan achuchables que apetecería estar todo el día estrujándolos y dándoles besos. Son tan preciosos que a muchos adultos les encanta que nos muestren su afecto, y aquí está el problema: quieren que lo muestren, y quieren que lo hagan a través de un beso, algo que ellos apenas saben qué es, para qué sirve y por qué hay que darlo.
Tengo tan claro esto, desde siempre, que nunca le he pedido a ningún niño que me dé un beso (en todo caso se lo doy yo, si así lo siento), y como padre nunca he pedido a mis hijos que besen a nadie, porque los besos no se piden. Los besos se regalan.